Fidel
Castro Ruz
Cuba
De nombre completo Fidel Alejandro Castro Ruz.
* 13 de agosto de 1926, Birán, Mayarí, antigua provincia de Oriente (hoy
provincia de Holguín).
- Un inquieto estudiante de Derecho
- Líder guerrillero contra la dictadura de
Batista
- Triunfo de la Revolución y primeras medidas
- Vía socialista y enfrentamiento con Estados
Unidos
- Supresión de la oposición
- Exportación de la Revolución a América
- Institucionalización de la Revolución
- Reconducción de las relaciones con Moscú
- Sovietización de la economía
- Presencia cubana en el mundo
- Final de la cuarentena diplomática
- Tensión en el Caribe y repliegue
internacional
- Impacto del derrumbe soviético
- Reformas e inmovilismo
- Persistencia del bloqueo exterior y la
represión interior
- Renovada presencia internacional
- Complejidad del personaje
1. Un inquieto estudiante de Derecho
Es el tercero de los siete hijos (cuatro chicas y tres chicos) tenidos en
segundo matrimonio por Ángel Castro y Argiz, un acomodado propietario azucarero
español que emigró desde su Galicia natal a Cuba durante la guerra entre España
y Estados Unidos. El joven Castro recibió una educación privada en el Colegio
La Salle, la Escuela Jesuita de Santiago y la afamada Escuela Preparatoria Belén
de La Habana, regida también por los jesuitas, donde obtuvo el título de
bachiller en 1945.
Ese año se matriculó en Derecho por la Universidad de La Habana, un centro que
se distinguía por la politización del alumnado, adscrito a una u otra de las
organizaciones enfrentadas en sus banderías particulares. Allí las diferencias
de criterio tendían a dirimirse con todo tipo de violencias, incluyendo las
pistolas. Castro participó en diversas actividades agitativas en el seno de la
Unión Insurreccional Revolucionaria.
Ello incluyó, entre julio y septiembre de 1947, un rocambolesco intento,
frustrado por la policía cubana, de alcanzar por mar la República Dominicana
para combatir la dictadura trujillista, o el no menos insólito proyecto, ideado
y realizado por él, de traer de Manzanillo a la universidad la campana de La
Demajagua, cuyo repiqueteo había anunciado en 1868 el comienzo de la Guerra de
Independencia contra España. También participó en programas de radio y realizó
colaboraciones para el diario Alerta.
Revelado como un estudiante brillante, un deportista consumado y un auténtico
tribuno de las aulas que gustaba polemizar y que irradiaba liderazgo, en abril
de 1948 asistía en Bogotá a la IX Conferencia Interamericana, al frente de una
delegación de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU), cuando
estallaron los violentos disturbios que siguieron al asesinato del líder
liberal colombiano Jorge Eliezer Gaitán. Sobre el grupo de Castro recayeron
sospechas de connivencia con el Partido Comunista Colombiano en su supuesto propósito
de convertir la ira popular en un ariete revolucionario contra el Gobierno
conservador de Mariano Ospina, con lo que hubo de abandonar precipitadamente el
país.
Nacionalista ardiente que veía como un agravio el dominio neocolonial de
Estados Unidos en Cuba, frecuentó diversos comités antiimperialistas, como el
Pro Independencia de Puerto Rico, el Pro Independencia Dominicana -del que fue
presidente- y el Comité 30 de Septiembre, del que fue fundador. En octubre de
1948 contrajo matrimonio con Mirta Díaz Balart, una estudiante de Filosofía de
la universidad perteneciente a una familia adinerada, y en 1950 obtuvo la
licenciatura en Derecho diplomático y el título de abogado. Acto seguido abrió
un bufete de abogado, si bien no se apartó del activismo político y siguió
tomando parte en las movilizaciones contra el presidente Carlos Prío Socarrás.
2. Líder guerrillero contra la dictadura de Batista
Como miembro original del socialdemócrata Partido del Pueblo Cubano (PPC u
Ortodoxos, fundado por el senador Eduardo Chibás a partir de una escisión en
1947 del entonces gobernante Partido Auténtico, y que lideró hasta su suicidio
en 1951), Castro fue designado en sus listas candidato al Congreso para las
elecciones que debían celebrarse en junio de 1952 y de las que habría de salir
el sucesor del presidente Prío. Pero el 10 de marzo se produjo el golpe de
Estado del coronel Fulgencio Batista y el proceso fue suspendido.
Castro, que ya venía abogando por estrategias de lucha extraparlamentaria como
dirigente de la fracción Acción Radical, denunció públicamente la vulneración
del orden constitucional y rompió con la dirección del PPC por considerar débil
su reacción ante el golpe. En la clandestinidad fue alentando la formación de
un grupo opositor para derrocar a Batista con las armas, cuyo órgano de prensa
era la publicación El Acusador. Este grupo iba a ser el embrión del
futuro movimiento revolucionario y sus integrantes recibieron el nombre de fidelistas.
Concibió la captura de un centro neurálgico para dominar una ciudad, conseguir
el levantamiento de una provincia y desde allí iniciar la liberación de todo
el país. A esta estrategia respondió el espectacular ataque al cuartel Moncada
de Santiago el 26 de julio de 1953 (en el centenario de José Martí), que se
saldó con la muerte, en combate y luego por las torturas infligidas o ante el
pelotón de fusilamiento, de 60 de los 135 integrantes del comando asaltante,
mientras que el grupo atacante del cuartel de Bayamo, a 150 km de Santiago,
perdió a 12 de sus 22 componentes. Tras la batalla, Castro y otros rebeldes
consiguieron escapar a las montañas, pero él fue arrestado por una patrulla el
1 de agosto.
Castro, su hermano Raúl y el resto de supervivientes capturados evitaron la
ejecución gracias a la intervención del arzobispo de la ciudad (a él le salvó
de una segura ejecución sobre el terreno un sargento negro, quien insistió en
llevarlo a una prisión civil), aunque no el juicio y, en su caso, una condena a
15 años de prisión (Raúl lo fue a 13 años). Estando en la cárcel, en
diciembre de 1954, se divorció de su esposa, con la que había tenido su primer
hijo, Fidelito. En su proceso, iniciado el 16 de octubre con carácter semipúblico,
Castro asumió su propia defensa con un célebre alegato que tituló La
historia me absolverá, en el que expuso el programa político y
revolucionario del futuro Movimiento 26 de Julio (MR-26-7), fundado formalmente
el 19 de marzo de 1955.
Recluido en la isla de los Pinos (hoy de la Juventud), el 15 de mayo de 1955 se
benefició de una inesperada amnistía presidencial y, junto con su hermano y
otros 18 participantes del asalto a Moncada, fue puesto en libertad. El 7 de
julio se exilió en México, donde reagrupó a sus efectivos bajo la sigla del
MR-26-7, acumuló fondos -en buena parte obtenidos durante una gira de recaudación
por las comunidades cubanas del exilio en Estados Unidos- y entró en contacto
con el revolucionario argentino Ernesto Che Guevara. Juntos planearon una
incursión a Cuba con el objeto de iniciar un foco guerrillero que, simultáneamente
a una sublevación de jóvenes revolucionarios en Santiago, debería
desencadenar una revuelta nacional contra Batista.
El 25 de noviembre de 1956, Castro, su hermano, el Che y otros 79
expedicionarios partieron a bordo del yate Granma desde el puerto
mexicano de Tuxpán y el 2 de diciembre desembarcaron (en realidad, encallaron
en unos bajíos, perdiendo buena parte de sus pertrechos) en el área de Los
Cayuelos, cerca de la ciudad de Manzanillo, en Oriente. Sorprendida la exigua
tropa por los disparos de las patrullas, sólo 16 supervivientes consiguieron
adentrarse en Sierra Maestra, donde, tras reagruparse como Columna José Martí
bajo el mando de Castro, comenzaron la lucha contra los 40.000 soldados del Ejército
de Batista.
3. Triunfo de la Revolución y primeras medidas
La invasión del grupo de Castro, por la que ningún observador habría apostado
un céntimo de haber presenciado su desastroso arranque, hizo realidad la
quimera: tras dos años de metódico avance a lo largo de la isla sobre el eje
este-oeste y la apertura, gracias al aporte constante de voluntarios y la
colaboración de los campesinos, de sucesivos frentes de combate, Batista huyó
de La Habana el 31 de diciembre de 1958, el día de año nuevo de 1959 las
primeras columnas rebeldes entraron en la ciudad y Castro les siguió,
triunfalmente, el 8 de enero.
El 5 de enero el político liberal José Miró Cardona formo un Gobierno
dominado por personalidades que, por edad y cultura política, nada tenían que
ver con los revolucionarios, dándose a entender que Castro y sus hombres
pretendían, al menos al principio, un programa de reformas respetuoso con el
sistema de democracia parlamentaria. No obstante, el 16 de febrero Castro asumió
la jefatura del Gobierno Revolucionario dejado vacante por el renuente Miró, y
el 17 de julio siguiente obligó a dimitir al presidente provisional, el
magistrado Manuel Urrutia Lleó, que fue reemplazado por Osvaldo Dorticós
Torrado. Desde el primer momento Castro se reservó también las funciones de
comandante en jefe de las Fuerzas Armadas.
Convertido en un ídolo para el pueblo cubano y elevado al rango de celebridad
internacional, Castro conquistó muchas simpatías en todo el continente
americano, incluidos los Estados Unidos, y Europa, por su proclamado ideario
antiimperialista, nacionalista y reformista.
Independiente del comunismo local, el MR-26-7 de Castro tuvo sus más y sus
menos con su representante local, el prosoviético Partido Socialista Popular (PSP,
fundado en 1925 como Partido Comunista de Cuba), que había apoyado activamente
a Batista en la campaña electoral de 1952 y que hasta finales de 1958 no decidió
unirse al alzamiento contra la dictadura. De hecho, en 1959 la URSS receló del
nuevo régimen revolucionario, mientras que contaba con muy buena prensa en
extensos sectores de Estados Unidos. El Departamento de Estado no tuvo ambages
en reconocer al Gobierno Revolucionario ya desde el 7 de enero.
Con un acertado manejo de los medios de comunicación y la propaganda difusores
de mensajes nacionalistas, y una formidable habilidad para las relaciones públicas,
Castro, prodigando un optimismo desbordante y una fe absoluta en el éxito de
sus propósitos, prometió elecciones en breve plazo, la diversificación económica
con la ayuda estadounidense y reformas políticas democráticas conforme a la
Constitución de 1940.
Su programa de transformaciones incidía en medidas sociales de alcance, como la
extensión de los servicios educativos al ámbito rural, la erradicación del
analfabetismo y una sensible elevación de los niveles de salud y bienestar de
la población. Sobre su forma de gobernar añadió que combatiría la
arbitrariedad del poder y la corrupción, mal endémico de todos los gobiernos
cubanos desde la dictadura de Gerardo Machado (1925-1933) y que bajo Batista había
alcanzado niveles escandalosos por su identificación con los negocios de la
Mafia norteamericana en el juego y la prostitución.
Un objetivo, menos explícito pero fundamental, de Castro cuando llegó al poder
era convertir a Cuba en un actor con gran influencia internacional. Durante 1959
expediciones organizadas en Cuba desembarcaron en República Dominicana, Haití,
Nicaragua y Panamá para derrocar a los gobiernos respectivos, pero fracasaron
al no recibir apoyos locales. El 15 de abril viajó a Estados Unidos para una
gira de doce días a invitación de la Sociedad Norteamericana de Directores de
Periódicos, donde recalcó que deseaba un buen entendimiento económico con la
otrora potencia colonial.
Una gran expectación rodeaba cada uno de los pasos del líder cubano y su
pintoresca comitiva de "barbudos", cuyas maneras contrastaban
poderosamente con la rigidez típica de los diplomáticos y estadistas
internacionales. Castro decidió alojarse en un hotel de baja categoría en el
barrio neoyorkino de Harlem, el cual convirtió en un inopinado cuartel general
de sus entrevistas y recepciones, como las mantenidas con el presidente egipcio
Gamal Abdel Nasser, el primer ministro indio Jawaharlal Nehru y el dirigente
negro estadounidense Malcolm X. El día 19 sostuvo incluso un encuentro con el
vicepresidente Richard Nixon.
Antes de regresar, el comandante recaló en Montreal, Canadá, el 27 y el 28 de
abril, en una visita no oficial que prologó una larga cooperación bilateral
que en los años del primer ministro Pierre Elliott Trudeau iba a contrastar con
la animosidad estadounidense (Castro asistió a los funerales de Trudeau en la
capital quebequesa, el 2 de octubre de 2000). En el mes de mayo hizo
desplazamientos a Argentina y Uruguay. El primer país que visitó tras la toma
del poder en La Habana, en enero, fue Venezuela, invitado por el presidente
electo Rómulo Betancourt. Irónicamente, el mandatario venezolano no tardaría
en convertirse en detractor principal de Castro por su implicación en la
subversión local: el 11 de noviembre de 1961 Caracas rompió las relaciones
diplomáticas y luego impulsaría las mociones de condena de la Organización de
Estados Americanos (OEA).
No tardó en plantearse el choque de intereses con Estados Unidos al lanzar
Castro sus primeras medidas revolucionarias. El 17 de mayo de 1959 puso en
marcha una reforma agraria de tipo inequívocamente radical y socialista, que
supuso la expropiación de propiedades azucareras estadounidenses, y en el mes
de junio abandonó su promesa de celebrar elecciones libres en 18 meses
("primero la Revolución, luego las elecciones"), suspendió la
Constitución de 1940 y puso en marcha la Ley Fundamental promulgada en febrero,
que aunque preservaba muchas de las disposiciones sociales y económicas del
texto de 1940 suponía una drástica reordenación de las instituciones. El
Congreso fue eliminado y el Consejo de Ministros concentró los poderes
ejecutivo y legislativo. Las funciones del presidente de la República se
circunscribieron esencialmente a lo representativo.
Para comienzos de 1960 era evidente que el programa de Castro para Cuba,
considerando las medidas aplicadas, era incompatible con los intereses de
Estados Unidos. El 4 de febrero el viceprimer ministro soviético Anastas
Mikoyan llegó para la firma de un acuerdo comercial por el que Cuba obtenía un
crédito muy blando (al 2,5% de interés y pagadero en 12 años) por valor de
100 millones de dólares para la adquisición de equipos industriales de la URSS.
El 8 de mayo se reanudaron las relaciones diplomáticas, interrumpidas por
Batista en 1952, y en septiembre desembarcó la primera ayuda militar soviética.
El 23 de mayo Castro y Nikita Jrushchev, primer secretario del PCUS, sostuvieron
un primer encuentro en Nueva York aprovechando la visita del primero a Naciones
Unidas para asistir a la XV Asamblea General.
4. Vía socialista y enfrentamiento con Estados Unidos
Los historiadores de la Revolución cubana no se han puesto de acuerdo sobre si
fue Castro, con su apuesta por la vía marxista -la cual habría contemplado
desde el principio- y la alianza militar con la URSS, quien arrastró a Estados
Unidos al enfrentamiento, o si fue este país, con su intolerancia a las medidas
revolucionarias, el que obligó al joven régimen a ponerse bajo la protección
de Moscú y a abrazar una ideología que no fue bandera original de la Revolución.
Se ha dicho que cuando Castro maduró su estrategia insurgente en 1952 su
pensamiento político no estaba muy articulado; entonces se nutriría
fundamentalmente de la tradición nacionalista local, martiana, creyente más en
el concepto de nación que en el de clase como conductor del progreso y la
justicia social, y, en menor medida, del pensamiento de Simón Bolívar.
El caso es que después de abrazar la ideología oficialmente, Castro aseguró
haber sido marxista desde el principio, pero que no pudía publicitarlo por
razones de oportunidad revolucionaria. Dejando de lado la cuestión de los orígenes,
hay autores que relativizan esta profesión de fe y aseguran que Castro, aun
tomando muchos elementos de ideologías antiimperialistas, ha sido y es, ante
todo, castrista, que es como decir practicante de un pensamiento
socialista personal y específico. Desde este análisis, Castro habría actuado
más bien como esos líderes del Tercer Mundo poscolonial que ven al
marxismo-leninismo como una herramienta para gobernar, no como un credo.
El Gobierno de Estados Unidos contestó al restablecimiento de las relaciones
cubano-soviéticas con la suspensión de su ayuda financiera, con la que Castro
decía contar en aras del buen entendimiento exterior sin exclusiones. Este
cambio de alineamiento de la diplomacia cubana, más las acusaciones de sabotaje
realizadas contra la inteligencia estadounidense (como el estallido, el 4 de
marzo, de una fragata francesa con armas en el puerto de La Habana, que provocó
numerosos muertos), condujeron en 1960 a una escalada alimentada por ambas
partes y a una enemistad indeclinable.
El 29 de junio de 1960 el Gobierno cubano confiscó la refinería de la Texas
Oil Company en Santiago por negarse a refinar petróleo soviético, y dos días
después corrieron la misma suerte las plantas de la Shell y la Esso. Como
represalia, el 6 de julio el presidente Dwight Eisenhower ordenó la reducción
en una cuarta parte de la cuota azucarera, lo que le supuso para Cuba dejar de
vender 700.000 toneladas de este producto.
El 15 de octubre Castro dispuso la nacionalización de la propiedad urbana,
medida que afectó a ciudadanos norteamericanos y a muchos exiliados, y cuatro días
después Washington respondió prohibiendo las exportaciones a la isla, salvo
ciertos alimentos, medicinas y suministros médicos. Al embargo total se añadió
el boicot total cuando el 16 de diciembre Eisenhower redujo a cero la cuota
azucarera. Finalmente, el 3 de enero de 1961 se produjo la ruptura de relaciones
diplomáticas. El cambio de inquilino en la Casa Blanca, con la entrada del demócrata
John Kennedy, no hizo sino acentuar el enfrentamiento.
Para entonces, el cariz ideológico de la Revolución apenas ofrecía dudas. El
16 de abril de 1961 el Gobierno, que el 7 de abril de 1960 había revocado la
Constitución de 1940 y confirmado la Ley Fundamental de 1959, anunció que la
Revolución era de tipo socialista. Tan sólo unas horas antes de esta declaración
aviones estadounidenses habían empezado a bombardear objetivos en la isla como
preludio del desembarco en playa Girón, en la bahía de Cochinos, de un
contingente de anticastristas, dispuestos a hacerse con el poder.
Castro movilizó eficazmente a las Fuerzas Armadas y a la población en defensa
de la Revolución. Los invasores fueron cercados desde el primer momento, el 17
de abril, y a los dos días, abandonados por Estados Unidos, se rindieron en
masa. Estados Unidos había manifestado a las claras su hostilidad al régimen
de La Habana y como represalia, el 1 de mayo Castro proclamó que Cuba era una
república socialista.
En los meses siguientes se multiplicaron las conspiraciones, alzamientos e
intentos de subversión y eliminación física de Castro, que salía airoso de
todo ataque y acrecentaba su popularidad entre sus numerosos seguidores. El 3 de
febrero de 1962 Kennedy ordenó el bloqueo total de la isla, pero el punto álgido
del enfrentamiento estaba por venir. El 14 de octubre siguiente un avión espía
reveló que la URSS estaba instalando en la isla rampas de misiles de alcance
intermedio y facilidades para bombarderos con presumible capacidad nuclear. El
22, con el respaldo de los aliados de la OTAN, Kennedy decretó la
"cuarentena" naval sobre Cuba y advirtió que el intento de la flota
soviética de violentar aquella constituiría un casus belli.
El 28 de octubre, Jrushchev, temeroso de las consecuencias de un enfrentamiento
nuclear directo, cedió y ordenó a sus barcos dar media vuelta. Más tarde las
dos superpotencias llegarían a arreglos por su cuenta. De entrada, a cambio de
la retirada por la URSS de sus misiles Estados Unidos levantó el bloqueo naval
(el 20 de noviembre) y se comprometió a no invadir o financiar la invasión de
Cuba. Para la opinión pública internacional Castro no sólo había sido el
convidado de piedra de la crisis, sino que había jugado con fuego al convertir
el país en la punta de lanza del dispositivo militar soviético, con
impredecibles consecuencias para Cuba y la misma seguridad mundial.
5. Supresión de la oposición
Antes de que Castro definiera la naturaleza marxista de la Revolución, ya en
los primeros meses de la misma, empezaron a oírse quejas y acusaciones de
"traición" por parte de algunos camaradas que lucharon a sus órdenes
en Sierra Maestra. Éstos revolucionarios, presentados en la actualidad por los
historiadores críticos como "demócratas genuinos", se sintieron
decepcionados por los tempranos coqueteos con el PSP y denunciaron lo que
consideraban el embrión de un régimen dictatorial, totalmente desviado de los
propósitos nacionalistas y democráticos que habían perseguido. La reacción
de Castro fue fulminante: purgó a todos los comandantes barbudos que no
estaban dispuestos a aliarse con los comunistas y cubrió los puestos clave de
la administración y el Ejército con ex guerrilleros adheridos a la línea que
deseaba imponer.
La progresiva personalización en Castro del nuevo régimen fue pareja a una
represión política considerable, con la que aquel pretendió mostrar el carácter
radical y expeditivo de la Revolución. Inmediatamente quedó sin efecto el habeas
corpus para los delitos de tipo político, lo que facultó a las fuerzas de
seguridad el mantener a los detenidos políticos bajo arresto indefinido y sin
juicio. Las represalias corrieron a cargo de la Dirección de Seguridad del
Estado (DSE) y la Dirección Especial del Ministerio del Interior (DEM).
Según investigaciones de denuncia, en los primeros años del régimen los
citados cuerpos ejecutaron a varios miles de personas -se han mencionado desde
5.000 a 15.000- acusadas de diversos delitos contrarrevolucionarios, entre
antiguos represores de Batista y exiliados anticastristas capturados en los
numerosos sabotajes, atentados e infiltraciones de tipo comando orquestados por
la CIA norteamericana.
Esto condujo en 1960 y 1961 a una segunda ola de refugiados, que ya no eran
simplemente personas ligadas al batistismo. También, los presos políticos
crecieron vertiginosamente, alcanzando las varias decenas de miles a mediados de
los años sesenta. Las expulsiones forzosas del país, los destierros
voluntarios, las fugas por mar y las prácticas represivas más selectivas iban
a reducir el número de prisioneros de conciencia a los varios cientos a
comienzos de los años noventa.
6. Exportación de la Revolución a América
Como ya se anticipó arriba, la política exterior cubana en los años sesenta
se concentró en la exportación de la revolución al continente. Por un lado,
Castro despachó a pequeños grupos guerrilleros a varios países de América
Latina para fomentar la agitación subversiva, una presencia que, con la
instigación de Estados Unidos, desató en la región una fiebre anticomunista
sin precedentes.
Con no pocas exageraciones sobre su verdadera capacidad para derribar gobiernos
y confusiones más o menos deliberadas con los movimientos de izquierda autóctonos
-tanto partidos políticos legales como de tipo insurgente-, la asechanza cubana
se esgrimió como espantajo para la remoción de gobiernos democráticos y la
imposición de soluciones autoritarias y militares, sobre todo en Centroamérica.
Mayor relieve tuvo el envío de apoyo material a las guerrillas sudamericanas de
los países andinos del norte. La estrategia de crear "muchos Vietnam"
o "focos guerrilleros" en todo el hemisferio -concebida por el Che,
revolucionario tan idealista como dogmático que predicó con el ejemplo marchándose
a Bolivia en 1967- topó con la preferencia soviética de actuar a través de
los partidos comunistas establecidos.
A Castro le pareció humillante el desenlace a sus espaldas de la crisis de
octubre de 1962. Irritado, acusó a Moscú de estar volviéndose capitalista por
apoyarse en los estímulos materiales, y durante unos años su alejamiento de
los soviéticos fue ostensible. En enero de 1966 convocó en La Habana la
Conferencia Tricontinental, que reunió a movimientos de liberación de unos 70
países de Asia, África y América Latina. A la URSS, celosa valedora de las
esferas de influencia, le pareció que provocar a Estados Unidos en el corazón
de su terreno con proselitismo revolucionario era sumamente peligroso para las
relaciones internacionales.
Sus injerencias exteriores le acarrearon a Castro consecuencias muy negativas en
el mismo concierto de países hispanos, que agravaron el bloqueo de Estados
Unidos. El 22 de enero de 1962 la OEA reunida en Uruguay acordó, bajo intensas
presiones de Estados Unidos, la expulsión de Cuba de su seno. El 26 de julio de
1964, esta vez a instancias de Venezuela, la organización panamericana decidió
suspender las relaciones diplomáticas y comerciales con la isla, incluida la
interrupción de las comunicaciones marítimas y navales. Poco antes, el 14 de
mayo, Estados Unidos había decretado el embargo de alimentos y medicinas. La
sanción de la OEA fue aprobada por 15 votos contra 4, entre ellos el de México,
país que nunca cortaría sus lazos diplomáticos con La Habana.
7. Institucionalización de la Revolución
Pasados los primeros años de la Revolución y dispersado el grupo original de
comandantes (Hubert Matos fue detenido personalmente por Castro por oponerse a
la comunistización en octubre de 1959 y pasó 20 años en prisión; Camilo
Cienfuegos desapareció en un accidente aéreo pocos días después del arresto
de Matos en unas circunstancias no del todo aclaradas; y el Che se marchó
en 1965 para organizar agitaciones revolucionarias por su cuenta), a Castro se
le planteó la necesidad de consolidar el régimen con órganos partidistas y
estatales.
En julio de 1961 se formaron las Organizaciones Revolucionarias Integradas (ORI)
para aunar a los tres grupos que, desde diferentes frentes, habían propiciado
la Revolución: el MR-26-7 de Castro, el PSP de Blas Roca Calderío y el
Directorio Estudiantil Revolucionario (DER) 13 de Marzo, primero en encender la
protesta contra Batista, dirigido por el comandante Faure Chomón Mediavilla.
Castro fue elegido secretario general de este germen de partido político.
Al mismo tiempo, se crearon una serie de organizaciones de masas y sociales a
fin de implicar a toda la población en las metas revolucionarias: los Comités
de Defensa de la Revolución (CDR), la Confederación de Trabajadores de Cuba
(CTC), la Federación de Mujeres Cubanas (FMC), la Federación Estudiantil
Universitaria (FEU), la Federación de Estudiantes de Enseñanza Media (FEEM),
la Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) y la Unión de Pioneros
de Cuba (UPC).
Los CDR, la organización más conocida, surgieron el 28 de septiembre de 1960 a
partir de comités de barriada y otras unidades municipales con la función de
vigilar a los residentes de su jurisdicción, identificar a contrarrevolucionarios
y servir de hecho como un órgano auxiliar de la seguridad del Estado mediante
medidas preventivas de coacción y delación. Con esta tan original como
efectiva aportación, de inequívoco regusto totalitario, el castrismo adjudicó
a los ciudadanos un rol activo en el proceso revolucionario.
Los CDR desarrollaban también cometidos mucho menos controvertidos, la
participación en una serie de labores de interés comunitario como las campañas
de alfabetización y vacunación, la promoción del trabajo voluntario y la
cooperación en el ahorro de recursos de consumo.
El 26 de marzo de 1962 las ORI pasaron a denominarse Partido Unido de la
Revolución Socialista Cubana (PURSC), cuyo Secretariado de seis miembros (los
hermanos Castro, el Che, Dorticós, Roca y Emilio Aragonés) se planteó
como principales objetivos la movilización del apoyo social al Gobierno y el
fomento de la afiliación a las organizaciones de masas del partido.
El fruto fue, el 3 de octubre de 1965, el Partido Comunista de Cuba (PCC), que
empezó con un Buró Político de ocho miembros y un Secretariado de seis,
siendo Fidel y Raúl Castro -quien sí había militado en el PSP- primer y
segundo secretarios, respectivamente. Esta posición jerárquica se ha mantenido
invariable en los congresos habidos desde entonces: I, en La Habana del 17 al 22
de diciembre de 1975; II, en La Habana del 17 al 20 de diciembre de 1980; lII,
en La Habana del 4 al 7 de febrero de 1986; IV, en Santiago del 10 al 14 de
octubre de 1991; y V, en La Habana del 8 al 11 de octubre de 1997.
El 15 de febrero de 1976 se aprobó en referéndum con el 97,7% de los votos la
primera Constitución socialista del Estado, decidida en el I Congreso del PCC,
que reemplazó a la Ley Fundamental de 1959 y consagró al partido como la
"vanguardia organizada de la nación cubana y la fuerza dirigente superior
de la sociedad y el Estado". El paso de un sistema de democracia directa
a otro de democracia popular, semejante al de los países del bloque soviético,
fue relegando los aspectos espontáneos o, si se quiere, románticos, de
la Revolución en beneficio de un Estado fuerte y un partido titular del
monopolio político. A este proceso también se le denominó el "desmerengamiento"
de un "socialismo tropical" que gustó calificarse de diferente de las
demás experiencias comunistas.
El 30 de junio de 1974 hubo elecciones municipales y provinciales en la
provincia cubana de Matanzas, los primeros comicios desde 1959, que sirvieron de
experimento preliminar del nuevo sistema. Tras la entrada en vigor de la
Constitución, el 24 de febrero de 1976, se procedió a elegir los
representantes de todas las asambleas del poder popular en los niveles
municipal, provincial y nacional. Hasta la reforma de 1992 sólo los
representantes de las asambleas locales eran elegidos directamente por la
población, y en cualquier comicio sólo candidatos oficialistas podían
presentarse. A su vez, las asambleas locales, se apoyaban en cada provincia y
municipio en Consejos Populares de población y barriada.
El 3 de diciembre de 1976 la Asamblea Nacional del Poder Popular (ANPP),
definida por la Constitución como el órgano supremo del Estado, eligió a
Castro, miembro de la misma en representación de Santiago, para presidir el
Consejo de Estado y el Consejo de Ministros. El puesto de presidente de la República,
entonces ocupado por Dorticós, quedó abolido. Castro añadió así a las
jefaturas del partido, el Gobierno y el Ejército la del Estado (Raúl es el
segundo en las cuatro instancias), conformando un caso de concentración de
poder sin parangón en el mundo, tanto entonces como en el presente.
8. Reconducción de las relaciones con Moscú
Entre 1963 y 1968 las relaciones cubano-soviéticas estuvieron tachonadas de
dificultades por las distintas visiones de la praxis comunista y su exportación
a otros países. Con todo, se mantuvo un trato de cortesía y los intercambios
económicos se desarrollaron hasta atisbar la característica clientelista de
los años setenta y ochenta.
El líder cubano visitó la URSS entre el 27 de abril y el 3 de junio de 1963 y
del 12 al 23 de enero de 1964. La primera estancia, extraordinariamente
prolongada, fue una verdadera gira triunfal, sin precedentes en el Estado soviético,
en la que Castro fue agasajado por sus anfitriones. Jrushchev le concedió el título
de Héroe de la Unión Soviética, la Estrella Dorada y el honor de pasar
revista junto a él al desfile del Primero de Mayo en la Plaza Roja de Moscú.
Las discrepancias se agudizaron en 1966 con motivo de la Conferencia
Tricontinental en La Habana y del XXIII Congreso del PCUS, cuando la delegación
cubana se atrevió a criticar a los anfitriones por no implicarse a fondo en la
guerra de Vietnam, en ayuda del Viet-Cong y el Gobierno de Hanoi. En enero de
1968 la disputa llegó a su clímax con el juicio de 35 miembros de la "microfracción
prosoviética" del PCC, todos condenados a largas penas de prisión. Pero
muy poco después, la disonancia cubana se esfumó ante la primera insinuación
por Moscú del cese de los suministros petroleros, vitales para la economía
cubana.
El nuevo rumbo en las relaciones bilaterales lo marcó la actitud de Castro ante
la invasión soviética de Checoslovaquia en agosto de 1968. Contradiciendo las
simpatías populares, Castro justificó ante los cubanos el aplastamiento de la
experiencia reformista de Alexander Dubcek por su carácter
"contrarrevolucionario", si bien admitió que Moscú había violado el
derecho internacional.
9. Sovietización de la economía
A cambio de su lealtad en los sucesos de Checoslovaquia, Castro se aseguró una
ayuda masiva de la URSS para reorganizar la economía y emprender una nueva y
ambiciosa implicación internacional, esta vez al servicio de los intereses
estratégicos de la superpotencia. Al principio, Castro había intentado romper
la dependencia azucarera, a la que culpaba del subdesarrollo económico,
mediante la industrialización y la diversificación del sector primario. Hasta
1959 la relación económica con Estados Unidos había sido de tipo neocolonial,
ya que se basaba en un monocultivo azucarero de hecho según unas cuotas de
importación establecidas. Completando el círculo vicioso, a cambio de
garantizar esas compras, Estados Unidos recibía facilidades arancelarias para
sus productos de exportación a Cuba.
El intento de crear un nuevo orden económico fracasó totalmente por el caos
que las medidas revolucionarias, a falta todavía de una dirección planificada
y de personal técnico suficiente, habían llevado al sistema de producción y
por los criterios incongruentes a la hora de reclasificar las tierras de
cultivo. Así que para 1964 Castro, esta vez con la plena asistencia de la URSS
y copiando sus métodos de planificación, volvió su atención a la zafra
azucarera con la idea de convertir a Cuba en el gran suministrador del bloque
soviético de este producto básico.
En 1969, estimulando el voluntarismo revolucionario sobre los beneficios
individuales y fiscalizando personalmente los trabajos sobre el terreno con un
torrente de órdenes e indicaciones, Castro lanzó la gran zafra cubana, el plan
de producir los 10 millones de toneladas de azúcar en la cosecha del año
siguiente. Pese a la militarización de la población y a la concentración de
medios a tal fin, los objetivos no se cumplieron y la cosecha se cuantificó en
diciembre de 1970 en los 8,5 millones de toneladas, aun así un récord
absoluto. El gigantesco esfuerzo dejó exangüe las finanzas del Estado y
descompuso otros sectores de la economía por la distracción de recursos.
Este nuevo fracaso obligó a Castro a enfocar con más realismo las capacidades
económicas de país. La consecuencia inmediata fue una inserción más ajustada
en el mercado del bloque soviético, lo que supuso la reducción progresiva de
los intercambios con Occidente, la adopción de planes quinquenales (el primero
fue anunciado en 1975 por el I Congreso del PCC) y la definición de un marco rígido
de clientelismo/dependencia con la URSS, siguiendo el sistema de reparto de
especialidades productivas en la familia soviética.
Su característica básica era que la URSS compraba a Cuba azúcar a un precio
hasta cuatro veces superior al del mercado internacional, y le vendía casi todo
el petróleo que necesitaba a unos precios sensiblemente inferiores a los
establecidos por la OPEP. Mientras Moscú paliara las fluctuaciones de los
precios mundiales del azúcar con sus importaciones subsidiadas, no importaba
que Cuba se superespecializara en productos agrícolas como la zafra y la caña,
que la productividad real fuera muy baja y que el subempleo y el absentismo
laborales se hicieran crónicos.
Pero la generosidad de la URSS con la Cuba castrista no se limitó a eso: le
envió una ayuda directa en forma de equipos libres de pago, literalmente
donaciones, y en préstamos a bajo interés cuya concesión no estaba
condicionada al reembolso de los previamente concedidos, cargándose al monto de
una deuda externa que terminaría en el capítulo de impagados. Era tal el
subsidio soviético de la economía que a finales de los años ochenta Cuba
obtenía el 40% de sus divisas de la reexportación del petróleo y otros
derivados de aquel país, y hacía con él el 70% de sus transacciones
comerciales.
ara expresar su agradecimiento, el 2 de mayo de 1972 Castro se embarcó en una
larga gira por el orbe soviético, visitando sucesivamente Hungría,
Checoslovaquia, Rumanía, Polonia, Alemania Oriental, Bulgaria y, desde el 26 de
junio, la URSS, donde firmó tres acuerdos comerciales, recibió la Orden de
Lenin de manos de Leonid Brezhnev y se le comunicó la decisión de aceptar a
Cuba en el Consejo de Asistencia Mutua Económica (CAME o COMECOM), ingreso que
fue aprobado por la organización el 11 de julio.
El 7 de julio, tras pasar también por Argelia, Sierra Leona y Guinea, Castro
estuvo de vuelta en La Habana. Albania y Yugoslavia, los dos cismáticos del
bloque comunista en Europa, fueron excluidos del recorrido. Entre diciembre de
ese año y enero de 1973 estuvo de nuevo en Moscú al frente de la delegación
cubana con motivo del 50º aniversario del Estado soviético.
10. Presencia cubana en el mundo
Castro fue la estrella de la IV conferencia-cumbre del Movimiento de países No
Alineados (MNA), celebrada en Argel del 5 al 10 de septiembre de 1973. A
diferencia del mandatario anfitrión, Houari Bumedián, que deseaba situar la
organización en equidistancia entre las superpotencias, su homólogo cubano
insistió en que los países del socialismo soviético eran los aliados
naturales del MNA y negó la naturaleza imperialista de la URSS. Asumiendo las
tesis de Castro, la conferencia se cerró con una declaración de denuncia al
"imperialismo agresivo" de Occidente como el "mayor obstáculo
para la emancipación y el progreso de los países en desarrollo".
Además, como gesto de apoyo y solidaridad con los palestinos, el 9 de
septiembre Castro anunció la ruptura de las relaciones consulares con Israel (Yasser
Arafat obtendría cuando su viaje a La Habana el 15 de noviembre de 1974 el
reconocimiento por Cuba de la OLP como la legítima representante del pueblo
palestino), y antes de retornar a Cuba hizo una parada en Irak.
Castro se había convertido en el más elocuente abogado de la URSS en el Tercer
Mundo, además de asumir sus principios de distensión y coexistencia pacífica
entre los bloques. Brezhnev devolvió las visitas de Castro con una histórica
estancia en la isla entre el 28 de enero y el 3 de febrero de 1974, cuando
declaró el respeto de su país al "derecho de cada pueblo a evolucionar al
socialismo de una manera soberana e independiente". En 1976 Castro volvió
a visitar a Bumedián en Argelia, a Ahmed Sékou Touré en Guinea y, novedad, a
Tito en Yugoslavia, y en 1977 realizó otra gira por Libia (al poco de abrirse
relaciones diplomáticas), de nuevo Argelia, Angola, Mozambique, Tanzania y
Yemen del Sur.
Uno de los hitos del castrismo internacional fue la VI cumbre del MNA, celebrada
del 3 al 9 de septiembre de 1979 en La Habana, donde el comandante sostuvo una
animada pugna con el anciano pero aún vigoroso mariscal yugoslavo.
Sobreviviente de la generación de líderes que inventaron la no alineación en
los bloques en los años cincuenta, Tito se presentó como un purista partidario
de mantener el estricto neutralismo del movimiento original; Castro, por contra,
se reafirmó en sus tesis de Argel sobre la colaboración ineludible con el
bloque soviético, al que Cuba pertenecía a todos los efectos. La conferencia
terminó con un compromiso entre ambas tendencias y con la elección de Castro
como presidente de turno del movimiento hasta la siguiente cumbre, que se iba a
celebrar en India en marzo de 1983.
Por otro lado, las misiones de miles de soldados, asesores, técnicos,
profesores o médicos que Castro despachó a Angola, Etiopía, Mozambique,
Congo-Brazzaville, Argelia, Irak, Libia y Vietnam jugaron un papel estratégico
de primer orden en el devenir de la Guerra Fría. Atrás quedó la etapa, un
tanto utópica, de las pequeñas tropas de revolucionarios siguiendo el ejemplo
de Sierra Maestra y la táctica de los focos del Che. Su captura y muerte
en Bolivia en 1967 marcó el fracaso y el final de la experiencia.
Las implicaciones internacionales de Cuba fueron sobresalientes para un país de
diez millones de habitantes y una economía muy poco desarrollada y
diversificada. Hasta comienzos de los años noventa, nada menos que 350.000
hombres y mujeres habían tomado parte en las numerosas misiones en África, y
en 1982 unos 70.000 soldados, asesores militares y cooperantes civiles estaban
repartidos en 23 países. El PCC justificó tamaño intervencionismo como la
"subordinación de las posiciones cubanas a las necesidades internacionales
de la lucha por el socialismo y la liberación nacional de los pueblos"; el
caso es que, al involucrarse en sus problemas internos, Castro determinó el
curso de la historia en más de un Estado africano.
Las tropas cubanas, muy profesionales, disciplinadas y motivadas, se revelaron
absolutamente decisivas para el sostenimiento en Angola en 1975 del flamante
Gobierno prosoviético de Agostinho Neto y el partido MPLA frente a los embates
de la guerrilla UNITA, financiada y armada por Estados Unidos y Sudáfrica. Y no
lo fueron en menor medida con el régimen militar marxista de Etiopía,
combatido por los secesionistas eritreos, guerrillas no separatistas y el
gobierno rival de Somalia, que en septiembre de 1977 desató la guerra por la
reclamación de la región del Ogadén y que en marzo del año siguiente sufrió
una derrota total en buena parte gracias a los efectivos cubanos. El 13 de
septiembre de 1978 Castró visitó al dirigente etíope, Mengistu Haile Mariam,
para asistir a una triunfal parada militar en Addis Abeba.
Todas estas participaciones sirvieron a objetivos en el contexto de la progresión
de la URSS en el tablero de ajedrez africano, donde las tropas cubanas jugaron
un papel de peones de excepción. Sólo la Operación Carlota en Angola,
comenzada con logística soviética el 5 de noviembre de 1975, una semana antes
de declararse la independencia de la ex colonia portuguesa, comprometió a
20.000 soldados; dos años después se enviaron otros 18.000 a Etiopía. Aparte
sus ganancias estratégicas y de prestigio, a Cuba este voluntarismo exterior a
gran escala le costó miles de muertos y mutilados de guerra, y un enorme
esfuerzo económico que se hizo a costa de sacrificar las necesidades internas.
11. Final de la cuarentena diplomática
A pesar del cerco implacable de Estados Unidos y de las múltiples acusaciones
de injerencia en sus asuntos internos, desde principios de los setenta varios países
americanos advirtieron lo artificioso de seguir ignorando al régimen castrista,
que estaba sólidamente asentado en el poder y que gozaba de indudable apoyo
popular.
El primer país en dar el paso fue el Chile de Salvador Allende, restableciendo
las relaciones el 12 de noviembre de 1970. Luego, del 10 de noviembre al 4 de
diciembre de 1971, Castro visitó el país (con gran escándalo de la derecha
chilena y levantando una protesta que condujo a la declaración del estado de
emergencia), donde alabó la experiencia frentepopulista. En el retorno aprovechó
para hacer escalas en Perú y Ecuador, entrevistándose respectivamente con el
general Juan Velasco Alvarado, protagonista de una singular experiencia
militar-nacionalista-revolucionaria, y el presidente José María Velasco
Ibarra, un veterano exponente del caudillismo populista y tradicional.
Esta minigira de Castro fue su primer viaje al exterior desde 1964 y el primero
a Sudamérica desde 1959. El 13 de diciembre de 1972 Allende le devolvió la
visita a Castro, la primera de un presidente americano desde el triunfo de la
Revolución. En estos encuentros Castro informó que ya no excluía otras vías
que no fueran la guerrillera para el proyecto revolucionario, admitiendo que
cada país lo desarrollara en función de sus peculiaridades. Tales eran los
casos de Chile o Jamaica, a través de elecciones, y de Perú y Bolivia, con una
nueva mentalidad militar.
El golpe de Estado de Augusto
Pinochet en septiembre de 1973 supuso la fulminante ruptura de las
relaciones con Chile, pero otros países siguieron la pauta. El 8 de julio de
1972 Perú fue el segundo país en intercambiar embajadores, meses después de
presentar una moción en la OEA para que los estados miembros decidieran
individualmente su política de relaciones con Cuba. En aquella ocasión votaron
a favor con Perú, Chile, Ecuador, México, Panamá, Trinidad y Tobago y
Jamaica, mientras que Barbados, Argentina y Venezuela se abstuvieron. Los demás
estados miembros se atuvieron a la línea de firmeza predicada por Estados
Unidos y votaron en contra.
En diciembre de 1972 cuatro países caribeños, Jamaica, Barbados, Guyana y
Trinidad y Tobago (los dos últimos visitados por Castro camino de la cumbre del
MNA en Argel), establecieron las relaciones diplomáticas. El 28 de mayo de 1973
fue Argentina quien dio el paso, tras 11 años de interrupción, el 22 de agosto
de 1974 lo hizo Panamá, el 30 de noviembre siguiente Bahamas y el 29 de
diciembre, Venezuela.
Finalmente, el 29 de julio de 1975 la OEA acordó el levantamiento del boicot a
Cuba y autorizó a sus miembros a determinar por sí mismos la naturaleza de sus
relaciones con el país. La resolución salió adelante con 16 votos -inclusive
los de Estados Unidos y varios países con regímenes derechistas-, las
abstenciones de Brasil y Nicaragua y los únicos votos en contra de Chile,
Uruguay y Paraguay. Más tarde, incluso asomó un principio de reconducción en
las relaciones con Estados Unidos.
En 1977 la llegada a la presidencia del demócrata Jimmy Carter, menos
obsesionado con la contención del comunismo que sus predecesores (y sucesores),
trajo un significativo relajamiento de las tensiones cuyas fechas clave fueron
el 3 de mayo, cuando se establecieron relaciones a nivel consular, se mejoraron
las comunicaciones y se eliminaron algunos capítulos del bloqueo, y el 1 de
septiembre, cuando se abrieron oficinas diplomáticas (oficialmente,
"secciones de intereses") en las respectivas capitales, usando las
embajadas de Suiza en La Habana y de Checoslovaquia en Washington.
Hssta finales de los años noventa, más países del hemisferio fueron
normalizando sus relaciones con Cuba, algunos con rupturas temporales en los años
ochenta: Colombia (marzo de 1975); Ecuador (agosto de 1979); Bolivia (al nivel
de encargados de negocios en enero de 1983 y al nivel de embajadores en
diciembre de 1989); Uruguay (octubre de 1985); Brasil (junio de 1986); Chile (al
nivel consular en julio de 1991 y al nivel de embajadores en abril de 1995);
Costa Rica (al nivel de oficina de intereses en enero de 1995 y al nivel
consular en 1999); Haití (febrero de 1996); Paraguay (al nivel consular en
agosto de 1996 y al de embajadores en noviembre de 1999); y, Guatemala (enero de
1998).
12. Tensión en el Caribe y repliegue internacional
El cambio de administración en Estados Unidos en 1981 y el simultáneo
agravamiento de la situación política en Centroamérica y el Caribe, echaron
por tierra este principio de entendimiento. Como en un retorno a las tensiones
de los años sesenta, el gobierno de Ronald Reagan acusó a Castro de azuzar por
doquier movimientos revolucionarios, en el análisis de Washington,
incuestionablemente trufados de marxismo y meras expresiones del imperialismo
soviético.
La presencia cubana se hizo notar en la Jamaica del primer ministro
parlamentario Michael Manley y en el Surinam del dictador militar Dési Bouterse.
En 1979 Castro vio como un acontecimiento esclarecedor el triunfo de la revolución
sandinista en Nicaragua y se animó a prestar una ayuda considerable a la nueva
Junta de Gobierno de Managua, así como algo más que una simple solidaridad con
la guerrilla Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) de El
Salvador.
El 18 de julio de 1980 Castro asistió en Managua a los actos del primer
aniversario de la caída del somocismo y expresó al Frente Sandinista de
Salvación Nacional (FSLN) el compromiso de Cuba con la nación hermana,
mediante el envío de armas y cientos de consejeros civiles y militares.
De una manera bastante más discreta que en las guerras africanas, este
dispositivo asistió al Gobierno sandinista durante la guerra civil que le
enfrentó a la Resistencia Nicaragüense o Contra, sostenida por Estados
Unidos.
Entre tanto, el FMLN había fracasado en su intento de conquistar el poder en El
Salvador en una ofensiva fulminante, pero continuó librando la guerra con los
gubernamentales en parte gracias a las remesas de armas provenientes de Cuba. A
lo largo de 1980 y 1981, la escalada del apoyo cubano a los movimientos
insurgentes centroamericanos provocó un notable deterioro de las relaciones
hemisféricas. Colombia, Venezuela, Costa Rica (y la misma Jamaica, a raíz de
la derrota electoral de Manley), o rompieron las relaciones o retiraron sus
embajadores con carácter temporal. Al final de la década, la desaparición de
los regímenes amigos de Manuel Antonio Noriega en Panamá y de Daniel
Ortega en Nicaragua dejó a Castro solo en la región.
Fuera de este terreno, pero estrechamente ligado al clima de tensión en el
Caribe, se situó la crisis de los marielitos de abril de 1980. Ese mes,
decenas de miles de cubanos, aprovechando el relajo temporal de las
restricciones migratorias, se lanzaron desde el puerto de Mariel en dirección a
Florida a bordo de todo tipo de embarcaciones. La estampida, protagonizada por jóvenes
nacidos después o inmediatamente antes de 1959, puso en aprietos la propaganda
oficial sobre el arraigo de una "nueva mentalidad" revolucionaria
sujeta a los estímulos morales.
Sin embargo, la reacción de Castro fue no obstaculizar un éxodo masivo que
servía como válvula de escape de los descontentos y los desafectos (los medios
locales se congratularon de que el país se librara de "gusanos",
"traidores" y "lumpen"), además de que puso a Estados
Unidos ante el compromiso de aceptar a todos los que llegaban a sus costas
(entre los que se encontraban delincuentes comunes) para no traicionar sus
anteriores seguridades. La administración Reagan se vio obligada a negociar, y
en marzo de 1984 se adoptaron unos acuerdos migratorios que establecieron las
cuotas de visados anuales para ciudadanos cubanos.
La presencia exterior cubana comenzó su nadir el 25 de octubre de 1983 en
Granada, cuando un contingente militar de Estados Unidos, secundado por unidades
simbólicas de países caribeños, puso fin al régimen procubano de Maurice
Bishop. Los marines hicieron prisioneros a 600 técnicos y militares
cubanos que estaban construyendo instalaciones logísticas en la isla y luego
los repatrió humillantemente a La Habana.
Para Castro, que empezaba a tomar cuenta de las dificultades económicas y de
los riesgos de una intervención militar de Estados Unidos contra Cuba, fue la
señal de un repliegue general: en noviembre siguiente comenzó la salida de los
consejeros de Nicaragua; a las diversas guerrillas izquierdistas del continente
empezó a recomendarles que sondearan la paz; y en África él mismo se avino a
compromisos que permitieran el regreso de los dispendiosos contingentes
expedicionarios.
Los acuerdos de paz cuatripartitos de 1988 sobre Angola (a la que Castro prestó
su segunda visita en 1986), posibilitados por los vientos de cambio provenientes
de la URSS, establecieron un calendario de paz que por parte de Cuba comenzó en
septiembre de 1989 con la evacuación de sus 45.000 efectivos en el país
africano. Las últimas unidades retornaron el 25 de mayo de 1991. La aventura
angoleña había costado a Cuba 2.000 muertos y un total de 11.000 bajas, un
enorme sacrificio con el que el régimen de Luanda puso mantenerse en pie.
13. Impacto del derrumbe soviético
El 26 de julio de 1988 Castro, que en febrero de 1986 y noviembre de 1987 había
sido recibido en Moscú con la cordialidad habitual, rechazó en un discurso la perestroika
de Mijaíl Gorbachov, que calificó de "peligrosa" y de "opuesta
a los principios del socialismo". El líder cubano era muy consciente de
las consecuencias que para el sistema cubano podía suponer el repliegue estratégico
de la URSS, que por necesidades internas ya no podía satisfacer los compromisos
clientelistas adquiridos con muchos países de su bloque o no alineados. La
visita del dirigente soviético a La Habana, el 3 de abril de 1989, transcurrió
con las buenas maneras de quienes formalmente todavía eran aliados y camaradas
en la familia socialista, pero no sirvió para acercar los puntos de vista sobre
qué tipo de relación debía establecerse en el futuro.
Las ejecuciones, el 13 de julio de 1989, del general Arnaldo Ochoa (el más
condecorado militar de las guerras africanas y veterano de Sierra Maestra), del
coronel Antonio de la Guardia y de otros dos oficiales, reos de "alta
traición" por los cargos de comercio ilegal de marfil y diamantes, entre
otras actividades ilícitas, estuvieron vinculadas a una faceta turbia del régimen
en la que se juntaban los servicios de inteligencia cubanos, el tráfico de
drogas a Estados Unidos y los nombres de Noriega y Pablo Escobar, el poderoso
jefe del cártel de Medellín. Pero observadores cercanos a la realidad cubana
apuntaron que lo que Ochoa estaba haciendo en realidad era conspirar para
introducir en la isla reformas del tipo perestroika y glasnost.
El desmoronamiento del PCUS a raíz del fallido golpe de Estado del 19 de agosto
de 1991 aceleró el abandono del glacis por Gorbachov, que trataba
desesperadamente de mantener a flote a la propia URSS. Para Castro, si Moscú no
había movido un dedo para impedir (cuando no las había instigado entre
bambalinas) las caídas del Muro de Berlín y de todos los regímenes aliados de
la Europa del Este, no cabía esperar mejor actitud para la lejana y pequeña
Cuba.
El anuncio por Gorbachov el 11 de septiembre de 1991 de la retirada (concluida
el 3 de julio de 1993) de los 7.000 efectivos soviéticos en el país, entre
soldados, asesores y técnicos civiles y militares, confirmó el desistimiento
soviético y la colocación de Cuba a merced de Estados Unidos, que no tenía
ninguna intención de, en un gesto recíproco, retirar sus tropas de la base de
Guantánamo. Desde 1992 las repúblicas herederas de la URSS no trastocaron de
raíz los antiguos vínculos cubano-soviéticos, pero solicitaron la renegociación
de tarifas y cuotas, exigieron el pago en divisas fuertes o redujeron drásticamente
los intercambios. La crisis de las materias primas y las piezas de recambio
industriales iba a tener efectos muy negativos sobre la producción y a generar
penurias de todo tipo.
14. Reformas e inmovilismo
Ya desde 1986 la economía cubana había encendido todas las luces de alarma: el
país era incapaz de amortizar siquiera los intereses de la deuda externa,
nuevas cosechas desastrosas de zafra obligaron a importar cientos de miles de
toneladas de azúcar en el mercado mundial y las restricciones en los
combustibles, alimentos y otros productos de primera necesidad empezaron a
notarse con fuerza.
Para ventilar el mal ambiente creado por la crisis de Mariel, Castro había
autorizado que el campesinado pudiera vender sus excedentes agrícolas en el
mercado libre, y que algunos productos alimentarios fueran sacados de la
cartilla de racionamiento y pasaran a venderse en las llamadas tiendas libres.
En estos establecimientos la oferta de productos era mucho más surtida que en
los comercios públicos, pero con unos precios prohibitivos para la mayoría de
la población.
Se trató sólo de un amago de reforma. En el III Congreso del PCC Castro hizo
un análisis muy crítico de la situación, denunciando el enriquecimiento de
algunos campesinos y la pujante casta de los intermediarios, el despilfarro
general de recursos, la hiperinflación burocrática, y la indisciplina y
desidia laborales. Fue el final de la efímera "castroika",
limitada a incrementar la oferta de bienes de primera necesidad.
La crisis empezó a afectar a los logros de la Revolución más celebrados, en
los que el régimen de Castro basaba su legitimidad: unos sistemas educativo y
sanitario casi universales, gratuitos y además de alto nivel técnico, así
como los avances en toda una serie de indicadores sociales como la distribución
de la renta nacional (si bien la oposición denunció que se había
redistribuido más pobreza que riqueza), mendicidad, mortalidad infantil y
esperanza de vida, que habían alcanzado posiciones cabeceras en el continente.
Ahora, todo este escenario amenazaba con derrumbarse, con el consiguiente riesgo
de contestaciones y disturbios. En esta tesitura se celebró en enero de 1989 el
30º aniversario de la Revolución. Castro acuñó la consigna "socialismo
o muerte", expresión de una voluntad numantina y de una rigidez doctrinal
a los que la población tendría que acostumbrarse hasta la llegada de mejores
tiempos.
En octubre de 1991 el IV Congreso del PCC estudió la crítica situación económica
y tomó varias decisiones: ratificó el sistema de partido único, aprobó el
ingreso de creyentes en el partido (lo que significó la sustitución del ateísmo
militante del régimen por el concepto del Estado aconfesional), decidió la
reforma de la Constitución para la elección directa de la ANPP y definió el
"período especial en tiempos de paz".
Esta expresión aludía a la emergencia económica y establecía una serie de
disposiciones para superarla, a acatar tanto por la ciudadanía (ahorro de
consumibles, búsqueda de fuentes de energía y transporte alternativos como las
bicicletas y la tracción animal) como por el Gobierno (introducción de
reformas estructurales, Plan Alimentario que garantizase la autosuficiencia de
esta necesidad, racionamiento draconiano de todo tipo de productos).
Se apuntó la necesidad de formar empresas mixtas y joint ventures al
50%, a ser posible con capitales latinoamericanos, de privatizar algunas
empresas y bancos, de flexibilizar el comercio exterior, de atraer la inversión
extranjera y de estimular la producción de bienes de consumo. Para ello se
abrirían mercados libres de productos industriales y artesanales (no agrícolas,
de momento), en los que podrían participar empresas estatales, productores
privados y trabajadores por cuenta propia luego de cumplir sus compromisos con
el Estado. Esta reforma económica fue aplicada a través de sucesivos paquetes
legales aprobados por la ANPP entre 1992 y 1995.
El 27 julio de 1993, en el 40º aniversario del ataque a Moncada, se dio luz
verde a los mercadillos agropecuarios ensayados hasta 1986, al trabajo por
cuenta ajena y a un régimen de aparcería en el campo por el que los campesinos
podrían destinar parte de su producción a los mercados libres. También se
autorizó la recepción de dinero desde el extranjero y se despenalizó la
compraventa en dólares, con el objeto de captar divisas (angustiosamente
escasas y vitales para las importaciones) y hacer aflorar un dinero oculto que
había creado una situación deflacionaria por pura iliquidez.
Esta última medida reconoció una realidad en auge en los últimos años, pues
la divisa estadounidense garantizaba al cubano el acceso al mercado negro. Pero
existía el peligro de crear una clase de privilegiados, los propietarios de dólares
por diversas fuentes, aparte de las elites del partido. En noviembre de 1995 se
dio otro paso adelante al permitirse el cambio de todo tipo de monedas
extranjeras en el mercado abierto. Castro, para quien toda reforma de mercado es
una especie de rendición, aclaró que se trataba de "medidas dolorosas
para perfeccionar el régimen", y no una avanzadilla del capitalismo en
Cuba.
A partir de 1996 la etapa más crítica de la crisis dejó paso a un período
algo más bonancible gracias a las buenas cosechas azucareras, al desarrollo de
una industria farmacéutica especializada en la venta de vacunas de enfermedades
tropicales, a las exportaciones de níquel y a la pujante industria turística.
En 1997 el V Congreso del PCC estableció la necesidad de hacer reformas
estructurales en la economía, con la introducción de criterios de eficiencia,
para diversificar la producción y desarrollar las exportaciones.
Por otra parte, las enmiendas constitucionales aprobadas entre el 10 y el 12 de
julio de 1992 facultaron la elección directa de los 601 diputados de la ANPP y
las asambleas provinciales. La elaboración de las listas de candidatos corrió
a cargo de las organizaciones vinculadas al PCC y el 24 de febrero de 1993 los
comicios se celebraron con una participación del 98,7%. Aunque el voto no era
obligatorio, los CDR exhortaron a los ciudadanos a acudir a las urnas. A falta
de mayor precisión, se estimó que el voto nulo o en blanco, solicitado por la
oposición en el exilio, se situó entre el 10% y el 20%. Poco antes, el 20 de
diciembre de 1992, tuvieron lugar también las primera elecciones municipales
directas. En los dos casos el PCC como tal no presentó listas oficiales.
15. Persistencia del bloqueo exterior y la represión interior
Los apuros económicos de la isla hicieron pensar al vecino del norte que con un
empuje adicional el castrismo se derrumbaría, así que los sectores derechistas
del Congreso impulsaron varias iniciativas para endurecer el embargo. En octubre
de 1992, bajo la administración de George Bush, entró en vigor la Ley
Torricelli, que entre otros puntos preveía sanciones a los países que
comerciaran con Cuba y prohibía a las compañías nacionales la compra o venta
de productos cubanos.
La crisis de los balseros de agosto de 1994, cuando unos 30.000 cubanos
se lanzaron a una fuga desesperada a Florida en improvisadas embarcaciones de
todo tipo, llevó a la administración de Bill
Clinton a modificar (19 de agosto) la ley de asilo de 1966 para negar su
concesión a quienes llegaran sin visado, y a adoptar (20 de agosto) un plan de
cuatro puntos endureciendo el embargo.
Como en 1980, pero a menor escala, Castro enfrentó a Estados Unidos con sus
contradicciones, pues si Clinton le acusó de exportar sus propios problemas y
de no evitar la huida masiva de la población, hasta la víspera las
recriminaciones se fundaron justamente en lo contrario. Pero también como
entonces, el drama en el mar sirvió para atezar los motivos por los que se
producían estas estampidas, que no eran otros que unas condiciones de vida
insufribles por la degradación económica y la intolerancia política. En esta
ocasión la chispa fue una revuelta popular en las calles de La Habana, el 6 de
agosto, en la que unos pocos miles de personas demandaron libertad antes de ser
sofocadas por las brigadas de simpatizantes castristas.
El 9 de septiembre de 1994 Estados Unidos y Cuba alcanzaron en Nueva York un
acuerdo que cerró el contencioso migratorio. El primero aceptó conceder 20.000
visados anuales y devolver a la isla a todos los interceptados en el mar para
que solicitaran el visado y aguardaran su turno de partida, mientras que el
segundo se comprometió a impedir nuevos éxodos de balseros.
Un segundo acuerdo suscrito el 2 de mayo de 1995 extendió el régimen de
visados a los refugiados en la base de Guantánamo, pero la mayoría republicana
en el Congreso rechazó un entendimiento en el que entreveía el principio de un
relajo del bloqueo. Así, el 21 de septiembre siguiente la Cámara de
Representantes aprobó un proyecto de ley a iniciativa por los senadores Helms y
Burton encaminado a obstaculizar las inversiones extranjeras en Cuba.
La actuación de Clinton fue ambivalente: primero anunció, el 6 de octubre, más
autorizaciones a particulares, periodistas y ONG para viajar a Cuba, pero al
mismo tiempo negociaba con los republicanos la salida adelante de la Ley Helms-Burton
en una versión más suavizada, hasta su aprobación por el Senado el 19 de
octubre. La situación experimentó un retroceso a raíz del derribo por la
fuerza aérea cubana, el 24 de febrero de 1996, de dos avionetas de la
organización anticastrista Hermanos al Rescate, presuntamente dentro del
espacio aéreo de la isla.
Dos días después Clinton anunció un paquete de medidas reforzando las
sanciones y el 12 de marzo firmó una nueva lectura de la Ley Helms-Burton, que
incluía una restricción original retirada para su aprobación parlamentaria en
octubre: la posibilidad de que particulares estadounidenses se querellasen
contra individuos y firmas extranjeras que hubieran invertido en propiedades
confiscadas después de 1959. Además, se impedía al presidente aligerar el
embargo sin el permiso del Congreso. Al sustraerlo de la potestad ejecutiva de
la Casa Blanca, el embargo de Cuba se convirtió de hecho en un artículo legal
competencia de las cámaras.
Los años posteriores han conocido una tímida flexibilización (medidas del 20
de marzo de 1998 y el 5 de enero de 1999) de unas sanciones que obedecen ya más
a una emocionalidad ideológica, mantenida viva por los poderosos sectores
derechistas en el Congreso y el lobby cubano-americano, que a razones
objetivas de seguridad, toda vez que Cuba hace mucho tiempo que no supone
amenaza alguna para Estados Unidos. De hecho, numerosos colectivos
-empresariales, financieros, culturales, periodísticos- han presionado para
poner fin a un bloqueo que perjudica más que beneficia a Estados Unidos.
En todos estos años, Castro ha gustado descargar en este castigo unilateral
cualesquiera padecimientos del país, convirtiéndolo en el chivo expiatorio de
los errores propios. Desde principios de los años noventa la Asamblea General
de la ONU ha condenado anualmente este anacronismo con casi unanimidad, sólo
rota por -obviamente- Estados Unidos, por Israel y algún aliado coyuntural.
Como contrapunto, la Comisión de Derechos Humanos de la ONU ha censurado a Cuba
sus déficits en la materia con la misma regularidad.
En los años noventa fueron frecuentes las persecuciones de disidentes
(periodistas, intelectuales, activistas políticos y sociales), y aunque el número
de presos considerados políticos ha disminuido sensiblemente, organizaciones
como Amnistía Internacional y la Comisión Cubana de Derechos Humanos y
Reconciliación Nacional han subrayado la persistencia de condiciones
degradantes en las prisiones, abusos de todo tipo en los centros de detención y
larguísimas penas de cárcel a personas condenadas por delitos tipificados como
crímenes contra el Estado.
16. Renovada presencia internacional
Desde los primeros años noventa, pese a las agudas dificultades internas y a la
enemistad inveterada de Estados Unidos, Castro ha fortalecido su posición en el
primer plano internacional, donde su figura, heroica y aleccionadora para
algunos, anacrónica y recusable para otros, sigue ejerciendo una extraña
atracción, de la que no pueden sustraerse incluso aquellos que le consideran el
autócrata y el dictador por antonomasia.
La Habana fue el escenario de citas históricas, como las visitas del presidente
chino Jiang
Zemin el 22 de noviembre de 1993 (el prosovietismo cubano había dañado
durante muchos años las relaciones con Beijing), la del rey español Juan
Carlos I del 14 al 16 de noviembre de 1999, y la del presidente ruso Vladímir
Putin del 13 al 17 de diciembre de 2000, en este caso para recomponer
determinados aspectos de la otrora estrecha cooperación cubano-soviética.
Incuestionables éxitos diplomáticos de Castro fueron el viaje del papa Juan
Pablo II del 21 al 25 de enero de 1998, facilitado por el progresivo
levantamiento de los vetos a la Iglesia Católica, y la celebración de la IX
Cumbre Iberoamericana, el 15 y 16 de noviembre de 1999.
Precisamente desde su inauguración en 1991 en Guadalajara, México, el
presidente cubano ha sido en todas las ediciones anuales de este foro la
referencia número uno de los medios de comunicación, siempre ávidos de las
palabras y los gestos del comandante, con el malestar de sectores políticos (y
de algunos mandatarios asistentes), que consideran escandalosa su presencia en
un foro que incide en los valores democráticos y en el respeto de los Derechos
Humanos.
Su participación en la II Cumbre, la de Madrid en julio de 1992, supuso su
primera estancia en España (si se descuenta la breve escala que hizo en Madrid
el 16 de febrero de 1984). El 27 y el 28 de julio, invitado por el Gobierno
autonómico de Galicia, visitó la casa natal de su padre en Láncara, una aldea
de la provincia de Lugo, donde descubrió que en la zona aún residían algunas
primas carnales. Ésta fue, de hecho, la primera estancia de Castro en un país
occidental, y supuso la devolución de la visita prestada a Cuba por el
presidente del Gobierno español, Felipe
González, en noviembre de 1986.
Posteriormente, se desplazó a París, del 13 al 16 de marzo de 1995, a invitación
de la UNESCO, y a Roma, del 16 al 19 de noviembre de 1996, para participar en la
Cumbre Mundial de la Alimentación organizada por la FAO, estadía que incluyó
(el 19) su primera audiencia por el Papa en el Vaticano. Entre el 16 y el 20 de
octubre de 1998 estuvo en Portugal, para asistir a la Cumbre Iberoamericana de
Oporto, y, de nuevo, en España, para normalizar las relaciones bilaterales,
afectadas por la postura crítica de la política interior cubana adoptada por
el nuevo Gobierno conservador de José
María Aznar (ocasión en la que se apalabró la visita real arriba citada).
El desplazamiento que el 10 de agosto de 1988 realizó a Ecuador, para asistir a
la toma de posesión presidencial del socialdemócrata Rodrigo
Borja, fue el primero de Castro a un país de Sudamérica en 17 años. Junto
con las cumbres iberoamericanas, las inauguraciones presidenciales han sido
aprovechadas por Castro para recomponer vínculos en una vasta parte del
hemisferio, donde, a pesar de las numerosas normalizaciones diplomáticas desde
los setenta, se le seguía observando con circunspección.
La desaparición del bloque soviético empujó a Castro a reemplazar este apoyo
exterior por una solidaridad transnacional estrictamente latinoamericana e ideológicamente
sesgada, que si bien presentaba un carácter mas bien simbólico para las
necesidades cubanas, al menos alivió la sensación de aislamiento.
Así, a iniciativa de Castro, el 3 de julio de 1990 Luiz
Inácio Lula da Silva, líder del Partido de los Trabajadores (PT) de
Brasil, convocó en Sao Paulo un I Encuentro de Partidos y Organizaciones de
Izquierda de América Latina y el Caribe, al que acudieron, además del PCC y el
PT, el FMLN salvadoreño, el FSLN nicaragüense, la Unión Revolucionaria
Nacional de Guatemala (URNG), los colombianos Ejército de Liberación Nacional
(ELN) y Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), y el mexicano
Partido de la Revolución Democrática (PRD), entre otros, hasta 68 delegaciones
de 22 países.
Varias decenas más de grupos insurrectos (como el Ejército Zapatista de
Liberación Nacional, EZLN) y partidos izquierdistas (como el Frente Amplio
uruguayo) se fueron sumando a lo largo de los años al conocido como Foro de Sao
Paulo (FSP), que se dotó de sendos estados mayores, civil y militar, con Castro
miembro de ambos y erigido en referente indiscutible.
Acusado desde medios conservadores de albergar en su seno a organizaciones
subversivas que practican el terrorismo y la delincuencia (financiación a través
del narcotráfico y la extorsión) como herramientas de lucha, el FSP ha
justificado su apoyo a diversas guerrillas del subcontinente con argumentos de
tipo indigenista, ecologista, social-religiosos (ligados a la Teología de la
Liberación), antiglobalista o antineoliberal. Por otro lado, en 1996 el PCC
adquirió el estatus de miembro consultivo en la Conferencia Permanente de
Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPAL).
La llegada en 1999 a la Presidencia de Venezuela del ex militar golpista y
nacionalista bolivariano Hugo
Chávez, declarado admirador de Castro (y, según algunas informaciones,
miembro del FSP desde 1995), ha marcado una nueva era en las relaciones
bilaterales, y para el dictador ha supuesto su primer aliado continental sin
fisuras en muchos años. Del 26 al 30 de octubre de 2000 Castro realizó su
primera visita de Estado al país caribeño desde 1959 (en febrero de 1989
asistió a la toma de posesión presidencial de Carlos
Andrés Pérez); en esa ocasión, Chávez le comunicó la grata noticia de
que Venezuela iba a suministrar a Cuba el petróleo que necesitaba, y a un
precio sensiblemente inferior al del mercado.
A la vecina Colombia, con la que en noviembre de 1993 se elevaron las relaciones
diplomáticas al rango de embajadores, Castro acudió con motivo de eventos
multilaterales, como la constitución de la Asociación de Estados del Caribe
(AEC). el 25 de julio de 1994, y la XI cumbre del MNA, del 18 al 20 de octubre
de 1995, ambos celebrados en Cartagena de Indias.
El 7 de septiembre de 1998 visitó por sexta vez Brasil, país que le tributó
una primera y calurosa acogida en marzo de 1990, y el 1 de diciembre asistió en
México a la tercera toma de posesión de un presidente, la del conservador Vicente
Fox. Fuera de América y Europa, en los años noventa Castro viajó a
Vietnam (en este caso por segunda ocasión, tras la visita de 1973), China y Japón
en diciembre de 1995, y a Ghana y Sudáfrica en mayo de 1994. En este último país
asistió a la asunción presidencial de Nelson
Mandela, y lo visitó de nuevo en septiembre de 1998 con motivo de la XII
cumbre del MNA.
Ha tenido un especial significado la suma de Castro al concierto de países del
Caribe, área geográfica propia en que Cuba perdió amistades y acrecentó
adversarios cuando la crisis de Granada. El 29 de julio de 1998 inició una gira
regional de seis días que incluyó paradas en Jamaica, Barbados y -con
controversia local- Granada. El 21 de agosto acudió como invitado en Santo
Domingo a una cumbre del CARIFORO o Foro del Caribe de los Estados ACP (Asia,
Caribe y Pacífico), esto es, los signatarios de las convenciones de cooperación
con la Unión Europea. El mandatario cubano declaró allí que la globalización
era "inevitable" y propugnó el desarrollo en común de los recursos
turísticos caribeños para evitar ser marginados de las tendencias mundiales.
Castro aprovechó para sostener una histórica reunión con el presidente
dominicano Leonel
Fernández, que selló el restablecimiento de relaciones diplomáticas
anunciado el 11 de diciembre de 1997. El 30 de septiembre de 1998 Cuba recibió
el estatuto de observador en el grupo de los ACP y el 6 de noviembre fue
admitida como miembro de pleno derecho en la Asociación Latinoamericana de
Integración (ALADI, donde era observadora desde 1986). Las puertas de la OEA,
por el contrario, permanecieron cerradas tras 36 años de exclusión. El 17 de
abril de 1999 Castro asistió en la capital dominicana a la II Cumbre de la AEC.
En el ámbito multilateral global, la presencia de Castro tampoco ha pasado
inadvertida en numerosos eventos, y hasta se ha proyectado como la vedette
de los mismos, sin importar el número de mandatarios congregados. Ha
participado, entre otras, en las cumbres de la Tierra en Río de Janeiro (junio
de 1992), sobre Desarrollo Social en Copenhague (marzo de 1995), sobre
Alimentación en Roma (1996) y la conmemorativa del 50º aniversario de la
Organización Mundial de la Salud en Ginebra (mayo de 1998), así como en la
Conferencia Ministerial de la Organización Mundial del Comercio en el mismo
escenario días después.
No faltó a las cumbres especiales de la ONU con motivo de los plenarios 50º y
55º de la Asamblea General, de 22 al 24 de octubre de 1995 y del 6 al 7 de
septiembre de 2000, respectivamente, que reunieron un número excepcional de
mandatarios. Su último discurso en la sede de la ONU Nueva York había sido el
12 de octubre de 1979.
Aunque no superó lo anecdótico, en la citada Cumbre del Milenio de septiembre
de 2000 Castro protagonizó un hecho sin precedentes cuando sostuvo un fugaz
encuentro con el presidente Clinton. Topados casi por azar en el batiburrillo de
personalidades que abarrotaban la sala en un entreacto, Castro y Clinton se
estrecharon la mano e intercambiaron unas palabras de circunstancias: todo se
desarrolló en unos pocos segundos. Poco antes, del 12 al 13 de abril de 2000,
La Habana acogió una cumbre del Grupo de los 77 países en Desarrollo (G-77, en
realidad 133 estados en aquella fecha).
17. Complejidad del personaje
El jefe del Estado cubano aprovechó todos aquellos foros para denunciar las prácticas
excluyentes y depredatorias de los países desarrollados, aunque fuera de la
sala de conferencias menudearon las voces demandándole que empezara por
respetar los Derechos Humanos básicos en su propio país. Para sus
simpatizantes, Castro es uno de los pocos líderes mundiales que ha alzado la
voz contra los dogmas del libre mercado o los imperativos de la globalización y
el pensamiento único.
Castro ha sido quizá el estadista que más intentos de liquidación ha tenido
en las últimas décadas, algo de lo que él ha solido jactarse. En 1999 la
Seguridad del Estado cubana relató nada menos que 637 atentados frustrados, con
todas las formas y argucias posibles, desde el regalo de puros envenenados hasta
la más clásica emboscada de francotiradore. Este cuadro se prolonga hasta
nuestros días.
Así, en agosto de 1998 se informó que el FBI estadounidense había
desmantelado una conspiración de exiliados cubanos para asesinarle en la cumbre
de Santo Domingo. Y todavía en la X Cumbre Iberoamericana, celebrada en Panamá
en noviembre de 2000, el propio Castro advirtió que un exiliado ligado a la
Fundación Cubano-Americana de Miami (adalid del anticastrismo más furibundo)
estaba en la ciudad con pasaporte salvadoreño con el propósito de matarle, lo
que dio motivo a un agrio intercambio de reproches con el presidente del país
centroamericano, el derechista Francisco
Flores.
Testigo excepcional de la historia mundial de la segunda mitad del siglo XX, el
ya anciano comandante era en 2000 el cuarto jefe de Estado más veterano del
mundo, siendo sólo superado por tres monarcas: el rey Bhumibol
Adulyadej de Tailandia, el príncipe Rainiero III de Mónaco y la reina Isabel
II de Inglaterra; los siguientes dirigentes republicanos más antiguos, los
presidentes de Togo, Gnassingbe
Eyadéma, y Gabón, Omar
Bongo, llegaron al poder en sus respectivos países sólo en 1967.
En añadidura, en el umbral del nuevo siglo Castro ya se había convertido en el
mandatario con más tiempo en el poder en la historia de todos los países de América
desde sus respectivas independencias; sólo un no presidente, el emperador Pedro
II de Brasil (1831-1889), tuvo un registro más prolongado, y eso que este
monarca estuvo sometido a diferentes regencias la mitad de su vida.
Varios de los mandatarios estatales que se han entrevistado con Castro, o no habían
nacido todavía o iban a la escuela primaria cuando él entró triunfante en La
Habana en 1959. Al comenzar la nueva centuria el cubano se perfilaba como el último
superviviente de toda una generación de estadistas de la Guerra Fría aún en
activo, después de la dimisión y fallecimiento en 2000 de la primera ministra
srilankesa Sirimavo
Bandaranaike y compartiendo registro con el rey camboyano Norodom
Sihanuk, muy añoso y de salud quebradiza.
Su intensa actividad diplomática continental le ha asemejado a su homólogo
libio, Muammar
al-Gaddafi, dedicado desde finales de los años noventa a la unidad y
pacificación de África. Pero en el caso de Castro no se ha tratado de una rehabilitación,
sino más bien de un acomodo, en posición señera, en un mundo que ya no se
mueve en los esquemas de los bloques. Esta singular trayectoria en la escena
mundial le han convertido en el estadista más duradero, controvertido y
multifacético de nuestro tiempo.
A diferencia de otros dictadores pasados de América y actuales del resto del
mundo, de los que es uno de sus últimos exponentes, con Castro la opinión pública
internacional no ha sido en absoluto unánime a la hora de endosarle aquel término
oprobioso, a pesar de que su perfil autocrático, nunca sometido al veredicto de
las urnas en régimen de competencia, es inobjetable. Los que tachan a Castro de
gran cínico y de supeditarlo todo al que habría sido su objetivo prioritario,
la consolidación y la perpetuación de su poder unipersonal y absoluto, son
refutados por quienes le señalan como un revolucionario sincero y comprometido,
susceptible de errar o de pecar por terquedad, pero siempre fiel a sus
convicciones.
Sus discursos (orador inveterado, resulta que ha aparecido en el Libro Guinnes
de los Récords como la persona que ha tenido la alocución más larga en la
Asamblea General de la ONU, la pronunciada el 26 de septiembre de 1960, de 4
horas y 29 minutos de duración) han tocado todos los asuntos fundamentales de
las últimas cinco décadas: revolución y justicia social, Guerra Fría,
descolonización, pugna Este-Oeste, diálogo Norte-Sur, deuda del Tercer Mundo
(cuya condonación total ha pedido en diversas ocasiones), orden económico
internacional, guerra y paz en Centroamérica, integración en el Caribe y,
finalmente, globalización.
Justamente, esta gran tendencia le ha permitido al veterano dirigente -que, sin
despecho del famoso uniforme verde oliva, viene prodigándose con el traje y la
corbata-, una cierta actualización de sus diatribas, mixtura de retórica
antiimperialista y de solidaridad sentimental con los desfavorecidos, contra la
prepotencia del Occidente rico que capitanea Estados Unidos, punto de partida de
un poder financiero y cultural que considera invasor y uniformizador.
Avezado instrumentador de los medios informativos desde la época de Sierra
Maestra, como se observó a lo largo de 2000 durante el tira y afloja con
Estados Unidos por la residencia a corto plazo del niño balsero Elián González,
Castro es capaz de combinar un don poco común para la comunicación directa,
incluso cálida, con el hombre de la calle o las confidencias de sobremesa con
sus interlocutores extranjeros, el tono moralista y doctrinario que imprime a
sus discursos multitudinarios y una frialdad sorprendente en la toma de
decisiones drásticas, como las que condenaron a la cárcel o al pelotón de
fusilamiento a numerosos compañeros de la lucha guerrillera que mostraron un
talante auténticamente democrático.
El dictador cubano posee los premios Lenin de la Paz (1961) y Dimitrov (1980),
así como dos órdenes de Lenin (1972 y 1986) y la Orden de la Revolución de
Octubre (1976), además de otras condecoraciones que, junto con el título de Héroe
de la Unión Soviética (1963), le fueron concedidas por el extinto estado
comunista. Entre el centenar largo de condecoraciones nacionales e
internacionales figura asimismo el Premio Muammar al-Gaddafi de los Derechos
Humanos que el Estado libio le concedió en 1998.
Libros recopilatorios de discursos y artículos aparte, ha escrito los textos: Hay
que pensar en el futuro (1975); Pensamiento político, económico y
social de Fidel Castro; La historia me absolverá; La crisis económica
y social del mundo: sus repercusiones en los países subdesarrollados
(1983); José Martí, el autor intelectual (1983); la Deuda externa
(1985); Fidel Castro y la religión (1986, en coautoría con Frei Betto),
e Ideología, conciencia y trabajo político (1991).
(Cobertura informativa: hasta el 1 de enero de 2001)
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